En el Congo Belga se usaba como herramienta de castigo un instrumento llamado chicotte. Era un latigo de piel de hipopótamo sin curtir, secada al sol y cortada en una tira larga con forma de sacacorchos y de bordes afilados. Sus golpes dejaban cicatrices permanentes; veinticinco latigazos ocasionaban la pérdida del conocimiento, cien o más podían ocasionar la muerte de la víctima.
En 1897, durante una sublevación en el nordeste de África, los rebeldes refirieron a un sacerdote (único testigo ocular de los eventos tras las líneas africanas) que un oficial blanco echaba sal y pimienta en las heridas producidas por la chicotte.
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