A veces, muy de vez en cuando, me ataca una sensación que lamentablemente, se va apenas llega. Es esa sensación de que si me tiran una bomba atómica me resbala.
Cuando no puedo dejar de pensar mucho en algo (por ejemplo, en el compañerito de la facultad que se niega y reniega a darme cabida)trato de hacer otras cosas. Qué cosas? Y no sé, cosas. Ir al cine. Ir a ver match de improvisación. Ir a mirar libros. Qué sé yo, algo que implique tener cosas para contar.
Por ejemplo: llego el lunes a la facultad y me pregunta: qué hiciste el viernes cuando te fuiste? Y fui a ver match de improvisación (le explico porque no tiene ni idea de qué se trata eso), después fui a tomar algo con unas amigas, me levanté a un chico lindísimo al que no le di nada más que una sonrisa amistosa y un número de teléfono escrito en el antebrazo (no, eso no lo dije). Y después como Dios al séptimo día descansó.
La parte interesante del asunto es que pensar en otras cosas me ayuda a no pensar en eso y en todas sus posibles ramificaciones (¿la odalisca es más linda que yo? ¿será más inteligente? ¿estará con otra más aparte? ¿le gustaré? ¿me miró o me lo estoy imaginando? e infinidad de etcéteras por delante y por detrás). Pero es como el Rey león, es el ciclo sin fin: salgo con las chicas, me agarro un pedo barbaro, y termino hablando de él toda la noche. Y así sucesivamente.
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